EL HORIZONTE INTELIGENTE.

EL UNIVERSO. (1).

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CONSIDERACIONES PREVIAS.

Se ha escrito mucho y muy variado sobre el Universo. Cada uno tiene una forma personal de 

entenderlo, pero todos buscamos el conocimiento verdadero.

Poco tiene que ver el universo que vamos a describir aquí, con cualquiera de los que

anteriormente hayan conocido. Aunque a decir verdad, en algunos aspectos es muy similar, pero  

no en el fondo.

Lo primero que haremos, será dar un breve repaso a la historia de la búsqueda del conocimiento

del Universo, para luego desarrollar una serie de temas, donde hablaremos sobre el 

estado actual de la ciencia y donde rebatiremos algunos puntos de vista. Esto nos servirá de 

catapulta para adentrarnos en los misterios del Universo.

UN POCO DE HISTORIA.

Hace mucho tiempo, cuando el hombre comenzaba a levantar la vista hacia el cielo, observaba

a la Tierra como algo único. Todo giraba en torno a ella: la vida, el pensamiento, el Sol, y los 

planetas conocidos.

Esta actitud geocéntrica era resultado del legado histórico y científico desarrollado por la 

humanidad durante los dieciseis primeros siglos de su existencia. Pero sobre todo, era resultado

del legado religioso, que limitaba el pensamiento científico y le obligaba a ceñirse a ideas 

religiosamente aceptables. Es decir, que se creaban barreras artificiales que impedian que la 

ciencia pudiese desplegar todo su potencial, creándose un clima de obscurantismo científico.

A esta situación se había llegado a finales del siglo XVI. Por entonces, los escasos y 

rudimentarios medios técnicos de que se disponian, contribuían aún más, si cabe, a envolver a

la ciencia de un cierto aire de misterio y misticismo.

No fue sino a mediados del siglo XVII que la situación comenzó a cambiar. Los descubrimientos

realizados por la ciencia, comenzaron a poner en evidencia la escasa visión que la iglesia 

poseía sobre la realidad física que le rodeaba, sobre el Sistema Solar, y sobre el Universo.

Al verse desbordada, la iglesia no pudo hacer otra cosa mas que comenzar a alejarse del 

camino de la ciencia, iniciándose para ésta una odisea que duraría casi trescientos cincuenta 

años, y que continua hoy día, en su búsqueda del conocimiento.

Sin embargo, la ciencia continuaba encontrándose limitada de recursos y medios técnicos, lo 

cual, y aunque para ellos no era evidente, los limitaba a la hora de conocer la realidad física

que les rodeaba.

De un Universo geocéntrico, en el cual se suponía que la Tierra era el centro del Universo, se 

pasó a un Universo heliocéntrico, más en consonancia con las observaciones astronómicas; 

donde el Sol era el centro del Universo, y el Sistema Solar, con sus planetas, el Universo en sí.

A medida que se iban descubriendo planetas, la visión de nuestro particular Universo se iba 

ampliando. Hacia finales del siglo XVII se habían descubierto la mayoría de los planetas de 

nuestro Sistema Solar (A excepción, claro está, de aquellos que por ser poco luminosos y 

encontrarse muy alejados, se situaban fuera del alcance de los telescopios de la época), por lo 

que el interes comenzó a dirigirse más allá de nuestro Sistema Solar, en busca de estrellas. Pero

aún habrían de pasar muchos años antes de tener la certeza de que dichas estrellas no se 

encontraban todas situadas a la misma distancia, como si de una bóveda esférica se tratase.

Calcular la distancia de las estrellas era vital para poder comenzar a saber como era el Universo

como se distribuían las estrellas en su interior, y cual era su tamaño. Para ello, el sistema del 

paralaje era el más efectivo, pero muy impreciso dado los medios de la época. Por lo que 

habría de pasar más de un siglo y esperar al año 1.838; año en el que se pudo conocer la 

distancia de la primera estrella situada fuera de nuestro Sistema Solar.

El tamaño del Universo se iba ampliando a medida que pasaba el tiempo. Al conocer la 

distancia de las primeras estrellas, el Universo conocido aumentó de golpe varios miles de 

veces su tamaño. Por ejemplo: si tomamos la velocidad de la luz (300.000 km./seg.), como 

medida de distancias, descubrimos que la luz que nos llega desde Plutón, el planeta más alejado

de nuestro Sistema Solar, tarda casi cinco horas y media en alcanzarnos. Nada si lo 

comparamos con lo que tarda en llegarnos la luz de la estrella más cercana a nuestro Sistema 

Solar, Alfa de Centauro, cuya luz tarda 4,29 años en llegar hasta nosotros.

Las ideas más optimistas sobre el tamaño del Universo se quedaron pequeñas. Pronto se

descubriría que nuestro Sistema Solar se encuentra en el interior de una galaxia de proporciones

gigantescas, y no precisamente en su núcleo.

Hasta hace apenas 80 años el Universo seguía siendo heliocéntrico. El Sol seguía ocupando el 

centro del Universo. Pero ni siquiera el Sol soportó tanto protagonismo y exclusividad. Hoy día 

sabemos que nos encontramos a unos 27.000 años luz del centro de nuestra galaxia, que la 

misma tiene un diámetro de aproximadamente 80.000 años luz, y que así mismo, contiene 

alrededor de 100.000 millones de estrellas.

Sea como sea, todos los intentos que la humanidad ha realizado a lo largo de toda su historia 

por sentirse como seres elegidos, situados en una posición dominante (en el centro del Universo),

se han visto abocados al fracaso. Sólo en nuestra galaxia existen alrededor de 150.000 

millones de estrellas (Contando con los cúmulos globulares). Existen decenas de miles de 

millones de galaxias. Seguramente que existan decenas de miles de millones de sistemas solares 

como el nuestro, con sus planetas, diseminados por todas las galaxias del Universo. Por lo 

tanto, si el Universo no es exclusivo dentro de sí mismo y no contiene ningún objeto que tenga 

una posición dominante, ¿porqué nuestro propio Universo iba a ser un objeto exclusivo y 

dominante fuera de sí mismo?; es decir, ¿porqué pensar que existe un solo Universo?. Quizás 

éste sea el último consuelo y refugio que nos quede para continuar sintiéndonos como seres 

privilegiados.

NACIMIENTO Y EXPANSIÓN DEL UNIVERSO.

La historia del nacimiento del Universo comenzó a escribirse en el año 1.927. Año en el que los

conocimientos acumulados acerca del Universo, permitieron al astrónomo belga Georges 

Edward Lemaître, llegar a la conclusión de que el Universo nació a partir de una esfera de unos

pocos años luz de diámetro, donde toda la materia y energía del Universo se encontraban 

comprimidas. Debido a su inestabilidad dicha esfera explotó, dando lugar, con el paso del 

tiempo, al Universo tal y como lo conocemos hoy día. Esta hipótesis nace a raiz de ciertos 

descubrimientos realizados sobre el movimiento de recesión que efectúan las galaxias, en su 

desplazamiento a través del espacio; es decir, que a excepción de unas pocas, la gran mayoría 

de las galaxias que nos rodean se alejan de nosotros; y no sólo eso, sino que la velocidad con 

que lo hacen es mayor cuanto más alejadas están.

Lemaître imaginó un universo donde el tiempo se invertía en el que las galaxias comenzaban a 

acercarse las unas a las otras, hasta fundirse en una esfera de materia y energía y crear, lo que él

llamó: el "Huevo cósmico".

Esta hipótesis sobre el nacimiento del Universo, fue muy bien acogida por la comunidad

científica, y prevalece hoy como la más coherente y satisfactoria a la hora de conocer los

primeros instantes de la existencia del Universo. Hoy día se la denomina más familiarmente

como: "Teoría del Big Bang".

El descubrimiento de la expansión del Universo, se lo debemos en gran medida al astrónomo 

americano Edwin Hubble. Fue hacia el año 1.923-1.924. Antes de esta fecha se pensaba que 

los objetos estelares, que hoy conocemos como galaxias, eran en realidad nebulosas, y se 

encontraban situadas dentro de nuestro cúmulo de estrellas. 

Al estudiar los espectros de dichas nebulosas, se descubrió que la luz que emitían, presentaba 

un anormal desvío hacia el rojo. Esto quiere decir que las ondas de luz que recibimos de las 

mismas, por alguna razón se emiten más espaciadas de lo que debería de ser en condiciones 

normales. Y ésto solo puede ser debido a una cosa: que dichas nebulosas se esten alejando de 

nosotros. 

Posteriormente se realizó un estudio detallado de un gran número de nebulosas, descubriendo 

que la gran mayoría presentaban dicho anormal desvío hacia el rojo. Pero la sorpresa fue

mayúscula, ya que al medir sus velocidades de recesión, se comprobó que muchas se alejaban 

a demasiada velocidad como para pertenecer a nuestro grupo local de estrellas. En este 

momento Hubble entra en escena y vino a demostrar que dichos objetos, mal llamados 

nebulosas, eran en realidad galaxias que se encontraban situadas muy lejos, fuera de nuestra 

galaxia, y que se alejaban unas de otras con una velocidad proporcional a su distancia, ésta es 

la "Ley de Hubble". 

Al indicar que el Universo está en expansión, las modernas teorías cosmológicas quieren dar a 

entender que lo que se expansiona es la totalidad del Universo, arrastrando a las galaxias en su 

movimiento de expansión; es decir, que las galaxias no se mueven, sino que se encuentran 

detenidas en un espacio que se mueve. 

Aunque éste es un hecho aplicable a la totalidad del Universo, existen excepciones derivadas 

de las fuerzas gravitatorias que ejercen las propias galaxias entre sí, pudiendo ocurrir que dos 

galaxias se esten acercando la una a la otra, debido a que la distancia que les separa no sea lo 

suficientemente grande como para que sus campos gravitatorios no les afecten, produciéndose 

un movimiento de acercamiento entre ambas.

Sin embargo, antes de que se diese por sentado que el Universo estaba expandiéndose, se 

produjo una fuerte polémica entre los que, como Einstein, defendían la idea de un Universo 

estático y los que, por el contrario, se decantaban por un Universo en expansión. De hecho, 

Einstein llegó a introducir variantes en su teoría general de la relatividad, ya que en un principio, 

ésta daba a entender que el Universo podía estar tanto en expansión, como en recesión; y 

posteriormente, mediante la introducción en sus ecuaciones de un término que él denominó: "La 

constante cosmológica", obligaba al Universo a permanecer con un radio constante a lo largo 

de toda su existencia. 

Muchos pensaron que éste fue el mayor error de Einstein. Incluso hoy día se cree que no estuvo

a la altura de las circunstancias, y que fué una gran equivocación encerrarse en unas ideas que 

aparentemente no se tenían de pie.

La teoría de la relatividad describía las leyes físicas mediante las cuales se rige el Universo a 

gran escala. Predijo, así mismo, el comportamiento de aspectos como la luz, la materia, el 

espacio o el tiempo, en función de la gravedad o la velocidad; de forma que muchas de las 

consecuencias que se extraen de la teoría, se verificaron posteriormente a su aparición.

Cabe preguntarse, cómo es que una teoría que ha salido airosa de todas las pruebas a las que 

ha sido sometida, no acierte a la hora de predecir el estado en que se encuentra el Universo. Es 

muy posible que el error no esté en la propia teoría, sino en el concepto equivocado que nos 

hemos hecho respecto del Universo, y la adaptabilidad y flexibilidad de sus respuestas. Frente 

a la rigidez de la física Newtoniana, Einstein nos ofrece la flexibilidad de sus teorías; todo 

depende de la posición, velocidad y momento del que observa en relación con lo observado. 

Pero por más que nos mostró el camino a seguir, seguimos siendo incapaces de comprender 

sus ideas y continuamos siendo rígidos e inflexibles en nuestros pensamientos. De hecho, es 

muy posible que ni el mismo Einstein fuese consciente del alcance de sus ideas.

La expansión del Universo que nos descubre Hubble, implica la expansión de las galaxias; 

ahora bien, las modernas teorías cosmológicas, traducen este hecho como una consecuencia 

directa de la expansión del propio espacio; es decir, que es una expansión que se produce a 

gran escala.

Sin embargo, esta forma de actuar del espacio, separando entre sí sólo a las galaxias, 

significaría una forma parcial de comportarse, puesto que el espacio lo impregna todo. Puede 

decirse que el espacio es el entramado que forma la estructura del universo. Tampoco sería 

muy arriesgado afirmar que éste ocupa el 99,9 % del Universo, y seguramente me esté 

quedando corto. Las galaxias están separadas por distancias que se cuentan en millones de 

años luz. Las estrellas están separadas por una distancia de varios años luz entre sí. En el caso 

de Alfa de Centauro, la estrella más cercana a nuestro Sistema Solar, la distancia en años luz 

que le separa de nosotros, equivaldría a algo así como: 40 billones de billones de kilómetros. 

(Un 4 seguido de 13 ceros).

Asi mismo, los átomos pueden considerarse como pequeñas esferas cuyo diámetro puede 

rondar la seis millonésima parte de un milímetro (0,000006 milímetros). En su interior se 

encuentra el núcleo, compuesto de protones y neutrones, y alrededor de éste, girando a gran 

velocidad, los electrones. Para comprender la estructura interior de un átomo, imaginemos que 

el núcleo tiene el tamaño de una pelota de unos 30 centímetros de diámetro, entonces los 

electrones tendrían el tamaño de garbanzos, situados a una distancia de 15 kilómetros, los 

cuales se encuentran girando alrededor de dicha pelota; pudiendo observarse, la cantidad de 

espacio vacío que hay en su interior.

En el interior  del núcleo tambien hay huecos, pero menos, si lo comparamos con el tamaño de 

un átomo En el interior de un núcleo los protones y lo neutrones representan el 30 % del 

espacio total que ocupa dicho núcleo. Es decir, que en un átomo que tendría el tamaño de una 

esfera de 6 millonésimas de milímetros de diámetro, el núcleo ocuparía la diez billonésima parte 

de su volumen, y el 70 % del volumen del núcleo sería espacio vacío. 

En resumidas cuentas, el espacio lo ocupa prácticamente todo, y si éste se expande, no sólo 

separará entre sí a las galaxias, también separará a las estrellas y planetas que forman parte de 

dichas galaxias; a los átomos que forman la materia a partir de la cual estan constituidas las 

estrellas y los planetas, a los protones, neutrones y electrones que constituyen la materia; y así 

sucesivamente hasta conseguir que el Universo, junto con todo lo que éste contiene, se 

expanda.

Esto significa que el espacio que ocupa el Universo, básicamente ha sido el mismo desde su 

nacimiento hasta nuestros días, ya que lo único que ha hecho desde entonces, es dilatarse 

progresivamente.

Si realizamos ahora un viaje hacia atrás en el tiempo, observaríamos cómo el espacio se

comprime, disminuyendo el tamaño del Universo. Así mismo, el tamaño de las galaxias, estrellas,

planetas, y átomos de materia que contiene irían disminuyendo progresivamente de tamaño 

en la misma proporción. Con lo cual, transcurrida una determinada cantidad de tiempo, el 

tamaño del Universo sería la mitad de lo que es ahora, e igualmente ocurriría con todo lo que 

contiene; es decir, que sería el mismo Universo, sólo que más pequeño. Por consiguiente, el 

radio del Universo no variaría con el paso del tiempo, de la misma forma que no varía la 

distancia que separa una ciudad de otra, en el plano de una región que se ha reducido a escala.

Por lo tanto, podríamos decir que el Universo es estático, pero que se encuentra en contínua 

expansión. 

Einstein, en el fondo, tenía razón. La hipótesis del "Huevo Cósmico" de Lemaître ("El Big 

Bang"), si que no tendría razón de ser, ya que desde el mismo momento de su nacimiento, el 

Universo contiene el mismo espacio que en la actualidad, así como el mismo rádio. De tal 

forma que al retroceder en el tiempo, las galaxias, estrellas, planetas y átomos que forman la 

materia, van reduciendo sus dimensiones, junto con la distancia que les separa, pero sin llegar 

nunca a entrar en contacto.

INFORMACIÓN, Y TAMAÑO DEL UNIVERSO.

La expansión de las galaxias, con el consiguiente desvío hacia el rojo que se produce, conlleva 

un aumento proporcional de la velocidad de las mismas, de forma que las galaxias más alejadas 

ofrecen un desvío en el espectro de luz, mayor que el de las más cercanas. Sin embargo, cuanto

mayor es el desvío hacia el rojo, más se acerca la emisión de luz irradiada a la zona infrarroja 

del espectro.

La luz es una radiación que pueden emitir algunos objetos, como las estrellas. La frecuencia en 

que es emitida puede variar entre el ultravioleta y el infrarrojo, pero sólo es visible la porción 

que se encuentra entre estas dos frecuencias; es decir, desde el violeta, hasta el rojo. Todo lo 

que se encuentra más allá del rojo o del violeta, se hace invisible a nuestros ojos.

Las galaxias más lejanas se alejan a tanta velocidad, que emiten su luz en la zona infrarroja; es 

decir, que se vuelven invisibles y desaparecen de nuestra vista. Pero este hecho no es algo 

casual, sino que obedece a ciertas leyes que rigen en el Universo, y que fueron descubiertas 

por Einstein. Siendo posteriormente divulgadas en su teoría de la relatividad. En dicha teoría se 

recoje que la máxima velocidad que se puede medir en el Universo, es la velocidad de la luz en 

el vacío (299.776 km./seg.). De forma que la luz puede tomarse como una linea de información 

que nos une a todo lo que nos rodea; pudiendo decirse que la máxima velocidad a la que se 

desplaza la información, es la velocidad de la luz. 

A medida que observamos a las galaxias que se encuentran cada vez más alejadas de nosotros, 

comprobamos que la información que recibimos de ellas va disminuyendo. La información pasa 

del blanco al amarillo, de éste al naranja, de éste al rojo, y por ultimo al infrarrojo; donde la 

velocidad de alejamiento de una galaxia, ya está proxima a la velocidad de la luz. A una mayor 

velocidad, la información emitida por las galaxias se realizaría a la misma velocidad que la que 

se alejan de nosotros, y por tanto, se contrarrestaría. Para entender este hecho, imagínese por 

un momento que se encuentra en el vagón de cola de un tren de alta velocidad que se desplaza 

a 300 kms./hora (Unos 83 metros/seg. aproximadamente). Más adelante, y junto a la vía del 

tren, se encuentra situada una diana donde Vd, por medio de un fusil de aire comprimido que 

dispara bolas de goma a una velocidad de 83 metros/seg., deberá de hacer diana. Vd. se 

encuentra mirando hacia atrás. En el momento que ve pasar la diana, apunta y dispara. El 

proyectil sale del fusil a una velocidad de 83 metros/seg., pero el tren tambien se desplaza a la 

misma velocidad pero en sentido contrario, lo que quiere decir que la diana se esta alejando del 

tren a 83 metros/seg.; por lo que el proyectil nunca impactará en la diana, ya que ésta se aleja del 

proyectil, a la misma velocidad que se le acerca éste. Por lo tanto el proyectil se quedará a 

medio camino.

Esto es lo mismo que ocurre con la luz que emiten las galaxias más lejanas, que se queda a 

medio camino. Pero esto no quiere decir que no puedan existir galaxias que se esten alejando a 

la velocidad de la luz, o incluso más; sino sólo que no podemos recibir información de ellas. 

Otra cosa sería si el espacio no se expandiese, lo que daría lugar a un espacio estático. En este 

caso, actualmente las galaxias estarían alejándose de nosotros y desplazándose, así mismo, a 

través del espacio. Pero la teoría de la relatividad prevee este hecho, y establece que ningún 

objeto podría, ni siquiera, alcanzar la velocidad de la luz en su desplazamiento a través del 

espacio; ya que su masa tendería a aumentar hasta el infinito, y no habría forma humana de 

acelerarla hasta tal velocidad. Pero aún así, si se alcanzase dicha velocidad, la materia se 

transformaría en energía, como se ha comprobado en los aceleradores de particulas.

Por lo tanto, hay que recalcar la diferencia entre desplazarse a través del espacio, donde se 

aplicaría la teoría de la relatividad con toda su fuerza, y desplazarse junto con el espacio en su 

movimiento de expansión, donde sólo se limitaría la información que recibimos de los objetos, 

debido a su gran velocidad. Por consiguiente, el espacio debe de afectar de alguna manera, a la 

materia que se desplaza a su través, de forma que puede hacer que varíe tanto su masa 

(Incremento de la masa debido al aumento de velocidad), como su estado temporal (Dilatación 

del tiempo igualmente debido al aumento de velocidad). Es decir, que debemos de considerar al

espacio, al igual que a la materia, como un elemento con ciertas cualidades físicas, que tiene la 

capacidad de variar las constantes físicas y temporales de la materia que se desplaza a su 

través. (Sobre este tema volveremos en otro momento).

Las galaxias que se desplazan junto con el espacio que se expansiona, pueden superar la

velocidad de la luz tantas veces como les sea posible, dependiendo siempre del tamaño del 

Universo. El único inconveniente es que no podremos recibir información de ellas.

Por lo tanto, cuando hablemos del Universo, sólo podemos hacerlo con relación al Universo 

observable, cuyo radio dependerá de la relación existente entre la velocidad de expansión del 

espacio, y la velocidad de la luz; de forma que a mayor velocidad de expansión, menor sería el 

tamaño del Universo observable, y viceversa. El tamaño del Universo real podría tener un 

tamaño de 2, 10, 100, o 1.000.000 de veces superior al del Universo observable y no darnos 

cuenta de ello. Por consiguiente, es un error estimar la edad de la estrellas y las galaxias en 

función de la edad del Universo observable, ya que éste representa una parte del Universo real, 

y no sabemos que proporción existe entre uno y otro.

ENERGÍA NUCLEAR Y ESTRELLAS.

En la década de los años 1.920-29, comenzó a pensarse en la posibilidad de que fuese la 

energía nuclear, la responsable de la producción de las enormes cantidades de energía 

irradiada por las estrellas.

Los primeros intentos por encontrar el origen de tan colosal derroche, se realizaron a mediados 

del siglo anterior. Pero por entonces, se desconocía prácticamente todo sobre el átomo y las 

energías que reinaban en su interior. El debate de la época, que enfrentaba a físicos y geólogos, 

estaba dirigido a dilucidar la edad del Sistema Solar, y de la Tierra. Los físicos, más teóricos, 

eran partidarios de un Sistema Solar joven, de sólo algunos millones de años. Los geólogos, 

más experimentados con los elementos que forman parte de su estudio (sedimentos, estratos, 

erosión, plegamientos, etc.), se inclinaban por un Sistema Solar más viejo. Cosa que al final 

resultó ser cierta.

Por entonces, el físico y fisiólogo aleman Hermann von Helmholtz, comienza a pensar 

seriamente sobre el origen y naturaleza de la energía que emana del Sol. Razonando acerca de 

este hecho, Helmholtz pensó que el Sol podía estar hundiéndose sobre sí mismo gracias a su 

intenso campo gravitatorio; de forma que las capas superiores cayesen sobre las inferiores, 

produciendo la contracción del mismo. Este proceso liberaría calor en forma de radiación, lo 

cual explicaría, al menos teóricamente, la energía irradiada por el Sol.

Según sus cálculos, la edad del Sol podía estimarse en unos 18 millones de años, cosa que

chocaba frontalmente con la idea de los geólogos, para los que sólo para la formación de la 

Tierra, se habrían necesitado varios cientos de millones de años.

Por otro lado, Lord Kelvin, a quien debemos, entre otras cosas, la existencia de la escala de 

temperatura absoluta Kelvin, calculó que la contracción gravitatoria postulada por Helmholtz, 

no podría producir energía más allá de los 500 millones de años. Así mismo, la continua 

contraccíon del Sol, provocaría una lenta pero paulatina disminución de su diámetro, cosa que 

afectaría directamente a su fuerza de gravedad, y por ende, a las órbitas de los planetas del 

Sistema Solar. 

Había que buscar otra fuente de energía que explicase la existencia del Sol, durante un 

periodo de tiempo mucho más largo. Pero habría que esperar hasta principios del siglo XX, en 

la década de los años treinta, a que el astrofísico inglés Sir Arthur Stanley Eddigton, diese a 

conocer la primera hipótesis acerca de la estructura interna del Sol; a partir de la cual se ha 

desarrollado el estudio del mismo, y en la cual se apoya actualmente la ciencia para describir 

los fenómenos que suceden en su interior.

En la época en que Eddington expone su hipótesis, ya se habían realizado estudios sobre el 

espectro solar. Como consecuencia de éstos, se sabía que la mayor parte del Sol estaba 

compuesto de hidrógeno, el resto de helio, y por último algunas pequeñas trazas de otros 

elementos. Dado que la mayor parte del Sol estaba compuesta de gases, Eddington planteó su 

hipótesis viendo al Sol como a un gigantesco globo gaseoso. Así mismo, estaba al tanto de los

últimos descubrimientos en física nuclear así como de los descubrimientos realizados en 

astrofísica sobre los nuevos tipos de estrellas. De forma que aplicó todos estos 

descubrimientos y el resultado que obtuvo fué una estrella, que por medio de las fuerzas 

gravitatorias, se contrae y se calienta hasta alcanzar en su núcleo una presión y una temperatura

tales, suficientes para iniciar una serie de reacciones nucleares y provocar la fusión del 

hidrógeno. De tal forma que el intenso campo gravitatorio, el cual obligaría al Sol a contraerse 

hasta transformarlo en una enana blanca, es contrarrestado por las reacciones nucleares que se 

producen en su núcleo, lo que obliga al Sol a dilatarse, merced a las altísimas temperaturas 

generadas, y a la presión ejercida de dentro hacia afuera producida por la energía liberada en 

forma de radiación, resultante de dichas reacciones. De esta manera se produce un tira y afloja 

entre estas dos fuerzas, creándose un necesario equilibrio entre ellas que permite, tanto a 

nuestro Sol, como a la mayoría de las estrellas, mantener un tamaño constante.

Dicho equilibrio ha de ser perfecto, ya que en caso contrario, un aumento o disminución

desproporcionado de cualquiera de las dos fuerzas, provocaría a su vez, el consiguiente 

aumento o disminución del tamaño de la estrella. Ahora bien, existen excepciones a esta norma, 

como es el caso de las estrellas variables, y más en concreto, el de las variables cefeidas.

Dichas estrellas tienen la particularidad de que pueden producir variaciones en su brillo de 

forma periódica. Esto sucede como consecuencia del aumento y disminución de su tamaño. 

De forma que al aumentar de tamaño, su superficie aumenta e igualmente su brillo y 

luminosidad, y viceversa. El periodo de estas estrellas es regular, pero puede variar de una 

estrella a otra. La media se sitúa entre los dos y los cuarenta y cinco días, pero es bastante 

corriente encontrar estrellas variables con un periodo situado entre los seis y los siete días. 

Así mismo, para que estas estrellas se transformen en cefeidas su tamaño debe de ser de tres o 

más veces superior al del Sol; es decir, que podemos considerarlas como estrellas gigantes.

El mecanismo interno que provoca tanto el aumento, como la disminución de su tamaño,

esta directamente relacionado con las reacciones nucleares que se producen en su interior;

y se inicia cuando comienza a escasear el hidrogeno como combustible en la fusión nuclear, y 

comienza a ponerse en marcha el proceso de la fusión del helio.

Resulta extraño, que tal como ha sido concebido nuestro Universo, donde cualquier 

modificación o cambio, por pequeño que sea, necesita de millones de años para poder ser 

detectado, podamos encontrar objetos con un tamaño varias veces superior al del Sol, los 

cuales pueden variar de tamaño a su antojo, y en cuestión de días. Por otro lado, y según la 

ciencia moderna, la energía que nos llega hoy día desde el Sol, se originó en su núcleo hace 

30.000 años (descontando los ocho minutos que tarda en recorrer la distancia que le separa de 

nosotros). ¿Que mecanismo interno, hace que la energía originada en el núcleo de las cefeidas, 

pueda afectar a toda su masa (tres o más veces superior a la del Sol), y en tan exiguo espacio 

de tiempo?. Es algo que resulta dificil de concebir. 

EL SOL.

El Sol es una estrella, que a pesar de su tamaño posee una densidad inferior a la de la Tierra. 

Ésta posee una densidad media de 5.518 kgr./m.³; sin embargo, el Sol posee una densidad 

media de 1.400 kgr./m.³. Ciertamente es una densidad bastante más baja que la de la Tierra, 

pero hay que tener en cuenta que ésta se compone mayormente de rocas y metales, y aquel de 

hidrógeno y de helio; lo cual es bastante razonable. Sin embargo, no puede decirse que sea una 

densidad baja, sobre todo teniendo en cuenta que es un objeto masivo compuesto por gases. 

Sobre la Tierra, por ejemplo, un metro cúbico de hidrógeno sólido pesaría 86,6 kgr., y el helio 

alcanzaría aproximadamente el doble de esta cifra. 

La densidad de un objeto como el Sol o la Tierra aumenta con la profundidad, de manera que 

a mayor profundidad, mayor presión, y por tanto, mayor densidad; ya que el aumento de 

presión provoca el acercamiento entre las moléculas que componen la materia, comprimiéndola 

progresivamente a medida que aumenta la profundidad. 

La forma en que aumenta la densidad de un objeto con la profundidad, depende tanto de los 

tipos de materiales a partir de los cuales esta compuesto, como de la homogeneidad de estos. 

Por ejemplo: un planeta que estuviese formado, única y exclusivamente de un material dado, 

tendría una densidad que iría aumentando progresiva y uniformemente con la profundidad. De 

forma que si la Tierra estuviese formada solo y exclusivamente de material rocoso, su densidad 

superficial sería de 2.800 kgr./m.³, a una distancia media entre la superficie y el núcleo sería de 

5.600 kgr./m.³, y en el núcleo alcanzaría los 11.200 kgr./m.³. Si observamos estas cantidades, 

podemos ver que cada una de ellas es el doble de la anterior. Esto es así porque la 

homogeneidad de los materiales es elevada y el aumento de la profundidad, no produce 

alteraciones en la presión que ejercen los materiales sobre sí mismos. 

Sin embargo, la Tierra no esta formada por una esfera de materiales homogeneos. En su 

composición participan diversos tipos de rocas, así como de metales. A su vez, su interior está

formado por diferentes capas de materiales, cuyas densidades varían de unas a otras; de tal 

forma que la densidad superficial es de 2.800 kgr./m.³, a media profundidad la densidad es de 

5.518 kgr./m.³ (algo menos de lo que debería ser si la Tierra fuese totalmente homogenea), y 

por último, en su núcleo la densidad alcanza los 13.000 kgr./m.³, o sea, algo más de los 11.200 

kgr./m.³ que vimos anteriormente, pero esto es comprensible, dado que el núcleo esta formado 

por hierro y niquel, cuyas densidades específicas son superiores a aquellas de las rocas. Por lo 

tanto, podemos decir que las densidades existentes en el interior de la Tierra, entran dentro de 

lo normal y razonable.

El caso del Sol es diferente. En su composición entran casi exclusivamente el hidrógeno y el 

helio, en una proporción de 4 a 1. De tal forma que el 80 % del Sol se compone de hidrógeno 

y casi el 20 % restante de helio; dándonos una idea de la elevada homogeneidad que debe de 

haber en su interior, dada la naturaleza gaseosa de estos elementos. Así mismo, la mayor parte 

del helio debe de localizarse cerca del núcleo, ya que éste se genera como resultado de la 

fusión del hidrógeno. No sabemos cual es la proporción exacta entre el hidrógeno y el helio 

existente en el núcleo, pero supongamos que sea del 50 %, mitad y mitad. Esto significa que la 

densidad media de los dos elementos, sería equivalente a una vez y media la densidad del 

hidrógeno; ya que el helio tiene una densidad doble que el hidrógeno, y al mezclarse los dos 

gases y establecer la media entre éstos, obtenemos esa proporción como resultado.

La media de una serie de elementos de características homogeneas en una relación, se 

establece sumando las cantidades características de cada elemento, y dividiéndola por la 

cantidad de elementos que entran en dicha relación.

La mezcla de dos gases como el hidrógeno y el helio, cuyas densidades son, respectivamente, 

de 0,09 kgr./m.³, y de 0,18 kgr./m.³, a presión atmosférica, puede servirnos de ejemplo para 

verificar este hecho. De tal forma que sumadas estas dos cantidades y divididas por dos, el 

resultado es de 0,135. Si ahora multiplicamos 0,09 por 1,5, el resultado sigue siendo de 0,135; 

por lo tanto, la densidad de esta mezcla gaseosa, deberá de situarse, como ya comentábamos 

anteriormente, alrededor de una vez y media la densidad del hidrógeno.

Como podemos observar, la media de estas dos cantidades estará situada aproximadamente a 

mitad de distancia entre una cantidad y la otra, siendo éste un dato característico a la hora de 

establecer una media entre dos cantidades proporcionales.

Pero sigamos con los ejemplos. En el caso de que sean tres las cantidades, podríamos tomar 

como caso particular, el de la Tierra (Que ya vimos anteriormente). Donde sumando las tres 

cantidades conocidas y dividiéndolas por tres, obtenemos como resultado, una cantidad 

situada a medio camino entre la cantidad más pequeña y la más grande.

Sin embargo, esto no funciona con el Sol. La densidad media del Sol es de 1.400 kgr./m³. Esto 

se calcula dividiendo su masa total por su volumen. Así mismo, los astrofísicos han calculado 

que la densidad existente en su núcleo, debido a la presión, es de 160.000 kgr./m.³. No 

sabemos cual es la densidad existente en su superficie. Sabemos que debe de ser una densidad 

menor de 1.400 kgr./m.³. Ahora bien, les invito a calcularlo con los datos de que disponemos, 

de forma que: (X + 1.400 + 160.000) : 3 = 1.400 (donde X sería la densidad en la superficie); 

es decir, que el resultado debería de ser 1.400 o que esté cercano a esta cantidad. ¿Dificil?. 

¡Imposible!. No existe ninguna cantidad que sumada a 1.400 y 160.000, y realizadas las 

operaciones señaladas, de como resultado final 1.400; bueno, si que existe, pero sería una 

cantidad negativa, lo cual no sería factible. Tambien podríamos intentarlo de otra forma; 

conociendo la densidad en su núcleo, podríamos prescindir de las otras densidades. de forma 

que: (X + 160.000) : 2 = 1.400. Tampoco existe, aunque en realidad sí, X sería igual a 

-157.200; aunque no creo que esto sea posible. No existe ningún material que posea una 

densidad negativa. 

Los cálculos no cuadran. Las razones pueden ser varias: puede que la masa solar haya sido mal 

calculada, y que al dividir su masa por su volumen el resultado sea otro. Aunque tambien puede 

que la densidad del núcleo sea menor; de forma que si tomamos la cantidad de 100 kgr./m.³ 

como densidad para la superficie del Sol, y colocamos una X en el lugar de los 160.000 que 

anteriormente teníamos en nuestra ecuación, el resultado sería de 1.400; cantidad que se ajusta 

a nuestras necesidades. Sin embargo, la presión en el núcleo descendería hasta los 2.700 

kgr./m.³, cantidad insuficiente para iniciar el proceso de fusión del hidrogeno. Por lo tanto, 

debe de existir un error relativo en cuanto a la masa, a las densidades estipuladas, o a la 

presión existente en el nucleo del Sol. 

Aunque tambien es posible que en el interior del Sol no exista hidrógeno, ni helio, ni se 

produzca la fusión del hidrógeno, y que la energía irradiada por el Sol sea originada por otras 

causas diferentes; y si no, intenten responderse a esta pregunta: ¿cómo es que la energía que se 

origina en el núcleo del Sol, llega hasta su superficie, pasa a través de sus átomos sin rozarlos, y 

luego levanta llamaradas de miles, y hasta cientos de miles de kilómetros de altura, sin arrastrar 

ni siquiera uno de esos átomos?. 

La superficie del Sol esta explosionando contínuamente, pero esa explosión viene de dentro.

Puede que la presión existente en su núcleo, logre contener la onda de choque generada; pero 

cuando llega a la superficie, ¿que hace?. ¿ Pasa entre sus átomos a velocidad lenta sin 

afectarles, para luego aumentar de velocidad y explosionar una vez que ha sobrepasado el 

último átomo de dicha superficie, sin rozarlo?. No tiene sentido. Una explosión termonuclear 

sobre la Tierra arrasa con todo, no hace excepciones. ¿Por que el Sol iba a ser una 

excepción?. El Sol no arde como una cerilla, cuya combustión se produce a partir de los 

vapores recalentados que desprende. Tampoco es un agujero negro, donde la materia y la 

energía no pueden escapar debido al intenso campo gravitatorio. Un agujero negro posee una 

densidad que se puede calcular en millones de toneladas por centímetro cúbico; sin embargo, la 

densidad superficial del Sol no supera los 100, o quizas 200 kgr./m.³, se encuentra en estado 

gaseoso, y además, su temperatura es de 6.000 º C. (Recordemos que una explosión 

termonuclear realizada bajo la superficie terrestre, a no demasiada profundidad, podria 

desplazar millones de toneladas de rocas de su superficie, y crear un inmenso crater, siendo la 

densidad de dichas rocas de 2.800 kgr./m.³; es decir, de 14 a 28 veces superior a la de la 

superficie del Sol).

En estas condiciones, la energía que irradia el Sol debería de arrastrar grandes cantidades de 

materia de su superficie, y lanzarlas al espacio de forma contínua. De manera que dado su 

enorme tamaño, la cantidad de materia que perdería, debería de ser del orden de cientos de 

miles de millones de toneladas por segundo. Pérdida que no podría soportar el Sol durante 

mucho tiempo; ya que estaría perdiendo más de la milésima parte de su masa cada millón de 

años. Debido a lo cual, dentro de 300 millones de años, el Sol habría perdido la mitad de su 

masa. Aunque a decir verdad, y teniendo en cuenta los 4.500 millones de años de existencia de 

la Tierra, ya debería de haber desaparecido, y nosotros con él.

Por lo tanto, la energía del Sol debe de ser originada por otras causas. Ahora bien, ¿cual es el 

origen de esta energía?. 

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