EL HORIZONTE INTELIGENTE.

EL ORIGEN DE LA MATERIA: (2ª parte).

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NOTA PREELIMINAR.

En un principio este tema estaba pensado para abarcar dos partes, pero a medida que lo hemos

ido desarrollando, nos hemos dado cuenta de que su tamaño ha ido excediendo poco a poco

nuestras expectativas iniciales, por lo que nos hemos visto obligados a realizar una tercera parte.

Rogamos disculpas por ello.

CONSIDERACIONES PREVIAS.

Desde que comenzó esta singular aventura, a la que decidimos titular "El Horizonte Inteligente",

dejamos entrever nuestras inquietudes con respecto a la naturaleza de las ideas que ibamos a

reflejar; ya que intuiamos que existía algo que está mas allá de nosotros, más allá de nuestra

percepción; algo que está por encima de nosotros de cuya naturaleza desconocemos

prácticamente todo y que es la causa de que TODO sea posible. Desde el principio, nuestra

intención no ha sido otra que la de mostrar la estrecha relación que existe entre nosotros y el

universo que nos rodea con ese "algo", que no es sino el principio creador de todas las cosas:

DIOS.

Es ahora, una vez iniciada la segunda parte de esta aventura, y en esta segunda entrega que trata

sobre el origen de la materia, que hemos creido que ha llegado el momento de exponer, en la

medida de nuestras posibilidades, nuestras impresiones con respecto a la naturaleza de Dios y su

relación con el Universo.

LA NATURALEZA DE DIOS.

Aunque hemos decidido poner este título a este tema, sabemos de antemano que describir la

naturaleza de Dios sería una tarea imposible de realizar. El ser humano no está capacitado para

hacerlo. Nuestras limitaciones son inmensas en este aspecto. Lo más que podríamos llegar a

conseguir sería tener vagas impresiones, ciertas sensaciones o sutiles intuiciones al respecto con

las que podamos hacernos una ligera idea sobre algún aspecto de la naturaleza divina.; y es

precisamente eso lo que vamos a hacer aqui: reflejar las impresiones, sensaciones e intuiciones

que tenemos en cuanto a Su naturaleza. Por esta razón vamos a pedir disculpas: primero, por

nuestra ignorancia prácticamente total en lo que respecta a la naturaleza de Dios; y segundo, por

las imprecisiones en las que evidentemente vamos a incurrir a la hora de querer expresar lo poco

que sabemos al respecto.

SOBRE LA EXISTENCIA DE DIOS.

Una aclaración importante antes de proseguir. Cuando utilicemos el concepto de sensación, o

sensaciones a partir de ahora, lo que vamos a querer expresar son las sensaciones con respecto a

los sentimientos más íntimos que pueda vivir el ser humano, y los más deseables por supuesto.

                                                     ----------------------

Ya que vamos a tratar sobre Dios, lo primero que debemos de hacer es preguntarnos si Dios

existe. Para muchos de nosotros la respuesta es evidente: Dios existe; sin embargo, para otros

la respuesta sería negativa: Dios no existe. Ahora bien, ¿qué es lo que queremos dar a entender

cuando decimos que algo existe?. La misma pregunta que nos hemos realizado nos indica la

respuesta: cuando hablamos sobre el concepto de la existencia siempre nos referimos a la

existencia de "algo". El mismo concepto de existencia nos indica el ser de todas las cosas: de

todas las cosas de las que somos conscientes. Podríamos pensar que la existencia es la suma de

muchas cosas: la maravilla de la vida, el universo que nos rodea, el tiempo que pasa, nuestros

mejores deseos, el recuerdo de nuestro pasado, nuestra esperanza en el futuro, etc. Sin embargo,

la existencia (cuando pensamos en el concepto de la existencia), es algo que tiene que ver más

con las sensaciones que tenemos con respecto a todo lo que rodea nuestras vidas, que con lo que

percibimos a través de nuestros sentidos. Existe el amor, la compasión, la ternura, la humildad, el

alma... cosas que no vemos. También existen planetas, árboles, estrellas, seres vivos... cosas que

percibimos con nuestros sentidos; y sin embargo, aquello que percibimos por medio de nuestros

sentidos: lo que vemos, lo que oimos, etc., no nos interesa, sólo nos interesa lo que nos hacen

sentir; lo que vibra dentro de nosotros cuando percibimos las cosas.

El concepto de existencia lo aplicamos a algo que puede tener existencia física o no. Existe lo que

sentimos y lo que percibimos: aquello de lo que nuestro ser, como ser total, toma consciencia. Si

realizamos una valoración entre una cosa y otra, comprobaremos inmediatamente que el mundo

de los sensaciones es más real y más verdadero que el de las percepciones. Aquello que sentimos

impregna nuestro ser de una manera que no lo consiguen nuestras percepciones; es lo que nos

hace vivir la vida: ES el motor de nuestra vida. Un ejemplo: supongamos que un buen día nos

despertamos por la mañana y percibimos que todo lo que nos rodea: lo que vemos, lo que oimos,

lo que comemos o bebemos, etc., no nos hace sentir nada. La vida se ha reducido a observar y

percibir lo que nos rodea pero sin poder sentir nada dentro de nosotros. Notaremos enseguida lo

superficial de nuestras vidas, la frialdad de nuestras relaciones, lo insípido que resulta vivir. Ahora

haremos lo contrario, nos vamos a despertar por la mañana y no vamos a poder percibir nada: no

veremos, no oiremos y no percibiremos nada de lo que nos rodea; sin embargo podremos sentir

todo, absolutamente todo lo que ocurre a nuestro alrededor. Entonces notaremos cómo nos

llenamos de vida. Sentiremos la armonía del universo, los sentimientos de los seres que nos

rodean, la alegría, la tristeza, el amor, etc. Cosas que habían desaparecido anteriormente. Nuestra

vida será entonces más plena, más completa y más profunda; aunque no podamos percibir

nuestro entorno. El mundo de las sensaciones tiene un poder de profundización en nuestro ser que

no lo tiene el mundo de las percepciones. Son dos mundos diferentes. El mundo de la percepción

se compone de diferentes sistemas que funcionan a modo de antenas de recepción. Cada antena

corresponde a cada uno de nuestros sentidos. Podemos hablar de los sentidos y explicarlos uno

por uno; sin embargo no funcionan de forma individual, sino que estan interconectados e

integrados en nuestro ser; de forma que funcionan al unísono, enviándonos una imagen global de

de todo cuanto acontece a nuestro alrededor. Sin embargo, los sentidos no penetran dentro de

las cosas y de los seres que nos rodean, sólo llegan hasta la superficie; se quedan en lo superficial,

en lo aparente, en la parte que denominamos como física y que forma la corteza exterior de las

cosas.

El mundo de las sensaciones interpreta la información que recibe a través de los sentidos, pero va

más alla. Si el mundo de las percepciones nos envía información de todo cuanto acontece a

nuestro alrededor, el mundo de las sensaciones es el que vive y siente dicha información. Es el

que realiza la interpretación de dicha información y la transforma en una experiencia viva... en una

vivencia llena de sensaciones, emociones y sentimientos; porque llega hasta el fondo de las cosas,

al contrario que las percepciones, que se quedan en la superficie de las cosas.

La experiencia más real y verdadera que podemos tener de nosotros y del universo que nos

rodea se realiza a través del mundo de las sensaciones. Cada uno de los objetos y de los seres

que pertenecen al mundo físico en el que estamos inmersos, se transforma entonces en la

envoltura que cubre las sensaciones, emociones y sentimientos que transportan en su interior.

Ahora bien, podríamos hacer un compendio de todas las cosas que percibimos, de todas las

cosas que sentimos, de todas las cosas que podamos comprender, de todo aquello de lo que

seamos conscientes, y ninguna de estas cosas serviría para definir a Dios. Ni siquiera para

hacernos una idea aproximada sobre cómo Es. No podríamos compararlo con nada conocido.

No podríamos definir la naturaleza de su existencia. Dios no es algo. No se puede colocar ningún

concepto en lugar de "algo", puesto que lo estariamos encasillando, lo estariamos delimitando y

encerrando dentro de los límites del concepto utilizado. Para que una cosa exista debe de ser,

como mínimo: algo. Algo existe, y Dios no es algo, por lo tanto, Dios no existe. No hay ningún

calificativo que le pueda definir, y al no poderle definir sólo podemos decir que Dios simplemente

Es. Es el que Es. Es como Es.

Si Dios existiese sería posible demostrar su existencia. Para poder demostrar la existencia de algo

lo primero que tiene que ocurrir es que este algo sea físico, y Dios no tiene substancia física. Sólo

puede demostrarse la existencia de los objetos que consideramos como físicos; asi que no

podemos demostrar la existencia de algo que no es algo: Dios. Dios está lejos, muy lejos del

mundo físico que nos rodea. Ahora bien, ¿podemos demostrar la existencia del amor?, ¿de la

compasión?, ¿de la humildad?, ¿de la comprensión?: no; y sin embargo existen. Con lo que

llegamos a una curiosa conclusión: Dios no existe, por lo que no podemos demostrar su

existencia; sin embargo, se encuentra más cerca de las cosas que existen en nuestro universo de

las que no podemos demostrar su existencia, como la alegria, la tristeza, el amor, etc. (cosas

intangibles); que de las cosas que percibimos con nuestros sentidos de las cuales sí podemos

demostrar su existencia (cosas tangibles).

Piense en cualquier cosa de las que usted tenga consciencia, algo que crea que exista pero que no

pueda demostrar su existencia. Recuerde entonces que ese concepto o esa cosa en la que ha

pensado, está más cerca de Dios que cualquier otro concepto demostrable. Estará más cerca de

Dios al pensar en dicho concepto. Pero no se engañe, no piense en conceptos considerados

como negativos aunque existan y no pueda demostrar su existencia. No piense en el odio, en la

ira, etc.; ya que estos conceptos sólo existen en la mente de los seres humanos.

Paradojas de la vida: los que creen que Dios existe no están siendo objetivos, están faltando a la

verdad; mientras que los que creen que Dios no existe tienen toda la razón. Así que yo prefiero

decir: "Dios no existe, pero yo creo en El".

Aunque hemos hablado de dos mundos diferentes que coexisten en el universo de los seres vivos:

el de las percepciones y el de las sensaciones, en realidad existen tres, principalmente: el de las

percepciones, el de los pensamientos y el de los sentimientos. Que corresponden a las diversas

etapas por las que pasa el ser humano antes de alcanzar su madurez. Los tres juntos conforman la

existencia del universo y de los seres vivos. Los tres están compenetrados, funcionan al unísono,

como uno sólo; sin embargo, el ser humano ha decidido separarlos. Ha decidido crear tres

mundos diferentes de uno sólo. Ha preferido elegir la separación, la escisión, antes que la fusión.

El ser humano ha decidido que cada uno de estos mundos corresponda a una forma de ser, a una

forma de entender la vida, a una forma de ver la vida, y en definitiva, a una forma de ver a Dios.

El mundo de las percepciones ha sido adoptado por aquellos que se dedican a calcular las

cosas, a la investigación, a la demostración de los hechos empíricos: la ciencia. Este es el mundo

de lo aparente, de lo superficial. El investigador científico se dedica a investigar la envoltura, la

corteza exterior de las cosas. Busca la verdad, pero sólo logra conocer algunos aspectos de ésta.

Piensa que el mundo es físico, y por lo tanto sólo logra progreso y adelanto físico. A la larga sólo

logra beneficios físicos para el ser humano. Beneficios económicos, beneficios tecnológicos,

beneficios para la salud, etc. El científico no siente lo que investiga, no lo vive; ni tampoco es un

pensador. Observa, calcula, compara, demuestra y expone sus resultados. Necesita de pruebas

que demuestren la existencia de las cosas, pruebas físicas, pruebas palpables. No se detiene a

meditar sobre sus actos ni sobre su comportamiento. Sólo se atiene a lo que le indican sus

sentidos, lo que miden las cosas, lo que pesan, lo que le indican sus cálculos, etc. Vive en el

mundo de las percepciones: el mundo más irreal de los tres mencionados. Para él, Dios no existe;

puesto que realmente Dios está muy lejos del mundo físico, del mundo de las percepciones. El

científico investiga la parte exterior de las cosas, la parte física, lo que percibimos; sin embargo,

Dios está dentro de las cosas, la parte de los sentimientos, lo que sentimos.

Al no poder ver a Dios, el investigador científico cree que las cosas: la materia y la energía a partir

de lo cual está hecho todo, existen por sí mismas, por sus propias características. Piensa que

tanto la materia como la energía son algo en sí, que tienen substancia y consistencia propias.

Piensa que todo está formado por elementos físicos. Por eso mismo la ciencia, el progreso y la

tecnología no hacen mejor al ser humano; porque el ser humano no es algo físico, es algo mucho

más que eso. Los beneficios que da la ciencia al ser humano son aparentes, superficiales. Nos

ofrecen cosas aparentes: como entretenimiento, comodidad, rapidez y economía. También curan

enfermedades, alivian dolores, alargan la vida, etc. Pero no nos hacen mejores seres humanos, no

logran que vivamos la vida con mayor intensidad, que seamos más auténticos, que crezcan y se

desarrollen en nuestro interior nuestros mejores sentimientos. No nos hacen sentir mejor con

nosotros mismos y con los seres que nos rodean. No nos aportan paz interior, equilibrio, armonía,

serenidad... nos alejan de la realidad de ser. Cuidan nuestro exterior, nuestra apariencia y nuestra

salud física; pero se olvidan de nuestro interior, de nuestro interior más íntimo y más precioso.

El investigador científico ha perdido la Fe. Aunque tampoco la necesita como ya es sabido: la

ciencia no necesita de Dios para sacar adelante sus teorías y leyes matemáticas. Sin embargo han

decidido depositar su fe únicamente en sí mismos y en sus capacidades. Perdió la Fe a principios

del siglo XX, con el advenimiento de la física cuántica y el descubrimiento de su principio más

conocido: el principio de incertidumbre de Heissemberg. El último de los científicos que luchó

para que la ciencia no perdiese de vista a Dios, que trabajó para descubrir el orden escondido e

intentó mostrar que la mano divina está detras de todo fué Albert Einstein: uno de los más grandes

genios que ha dado la ciencia. Hasta la época de Einstein existía la belleza, el determinismo, el

orden... La ciencia miraba con ojos de niño a la naturaleza, al universo que le rodeaba:

asombrándose y maravillándose de todo cuanto descubría. Realizaban preguntas y obtenían

respuestas. Pero con la llegada de la física cuántica llega el caos, el indeterminismo y el desorden.

El mismo principio de Heissemberg nos serviría para definir el propio estado de la ciencia que se

ha creado: es la época de la incertidumbre, la ciencia de la incertidumbre. La ciencia ya no

obtiene respuestas a sus preguntas, sólo nuevas preguntas. El mismo principio de incertidumbre

sirvió para cerrar las puertas al conocimiento de la verdad. El investigador científico se autolimitó.

Subestimó sus propias capacidades y las del universo. Desde entonces vive alejado de la verdad.

Ha creado una barrera invisible que impide que la verdad aflore en su corazón, puesto que la

verdad no puede ser percibida por los sentidos. Los sentidos nos ayudan a buscarla, pero es el

corazón, única y exclusivamente, el que la puede encontrar y tomar consciencia de ella.

Hoy día la ciencia sólo nos puede ayudar a saber qué son las cosas, pero no puede llegar a saber

por qué son las cosas, por qué son como son. Se crean modelos de funcionamiento, se especula

al respecto, se fabrican superordenadores, se crean aceleradores de partículas gigantescos... y

todo para ver el reflejo de la realidad; para observar y estudiar los efectos producidos por una

causa que se desconoce. No se dan cuenta que al desconocer la causa que originan las cosas, los

efectos pueden ser interpretados de mil maneras diferentes. Entonces se investiga, se intentan

imitar los efectos observados, se crean modelos de funcionamiento, se calcula, se llega a una serie

de conclusiones, se crean teorías y finalmente se demuestra matemática y empíricamente que los

efectos observados se deben a las causas físicas expuestas. Pero... ¿son esas las verdaderas

causas?. ¿Hemos llegado al fondo de la cuestión?. ¿O es sólo un espejismo?.

El mundo de los pensamientos  ha sido adoptado por aquellos que se dedican a pensar las cosas,

a reflexionar sobre ellas y a racionalizarlas: la filosofía. La filosofía es una ciencia que trata de

comprender las cosas desde el punto de vista del ser humano; es decir, que es una ciencia creada

por y para el hombre. La filosofía racionaliza el saber. Busca la verdad desde el punto de vista del

ser humano y según su nivel de comprensión.

Los filósofos son verdaderos pensadores. Sus herramientas de trabajo son la reflexión, la crítica y

el razonamiento, y su fin último es alcanzar la sabiduría. Pero una sabiduría pensada, reflexionada

y racionalizada al fin y al cabo. Una sabiduría limitada por la capacidad de pensamiento del ser

humano. Una sabiduría que cambia, que evoluciona con el ser humano. Una sabiduría que busca

la verdad última. Pero al utilizar el intelecto humano, el razonamiento humano, lo único que

consigue alcanzar a ver es el reflejo de la verdad en el hombre, en el ser humano, y como el ser

humano cambia, la sabiduría y la verdad va cambiando con él a medida que evoluciona. La forma

de la verdad, el concepto de verdad, va cambiando a la par que cambia el ser humano. El filósofo

humaniza la verdad, la viste de humanidad. Entonces aparecen grandes pensadores que creen que

han llegado al límite de la reflexión y del razonamiento. Que creen que han llegado al fondo de la

cuestión. Entonces se crean escuelas. Se establecen lineas de pensamiento y aparecen multitud

de seguidores que alaban los beneficios de dichas ideas. Pero el ser humano cambia, evoluciona,

y con el tiempo aparecen nuevos pensadores que establecen nuevas ideas, nuevas lineas de

pensamiento que parecen tirar por tierra las ideas anteriores. Se crean nuevas escuelas y nuevos

seguidores. Pero, ¿nos hemos acercado más a la verdad?, ¿estamos alcanzando la sabiduría?:

no. Lo único que ha ocurrido es que el ser humano ha cambiado, ha evolucionado y ha cambiado

su forma de pensar, su forma de ver las cosas. La misión entonces del filósofo es la de reflejar y

hacer patente los cambios y evoluciones de la humanidad. Actualiza el pensamiento. Adapta el

pensamiento y las ideas a los nuevos tiempos, a las nuevas etapas por las que pasa el ser humano.

Pero no acerca al ser humano a la verdad, a la sabiduría.

La verdad no se puede buscar con el pensamiento, no se puede reflexionar o racionalizar, puesto

que la verdad trasciende al ser humano. La verdad no es humana. Por tanto el intelecto no nos

puede ayudar a encontrarla; puesto que el intelecto se dedica a pensar, a reflexionar y a

racionalizar las cosas. Actos que son meramente humanos.

El acto de pensar o de reflexionar sobre algo no es objetivo, puesto que al pensar estamos

buscando, estamos forzando una respuesta. Cuando buscamos, inconscientemente estamos

colocando delante nuestra nuestros deseos, nuestros anhelos, nuestros prejuicios, nuestras

creencias, nuestros intereses, nuestro nivel de comprensión, etc. y lo que encontramos lo hacemos

pasar a través de esta especie de filtro, que se interpone entre la verdad y nosotros. Lo que está

haciendo el ser humano es condicionar la respuesta y adaptarla a sí mismo bajo el influjo de todos

estos condicionantes.

Me gustaría recordar algunas palabras que sobre este aspecto quedaron reflejadas en la

"Introducción" de esta página:

"Independientemente de los medios que utilicemos a la hora de buscar el conocimiento, la  mente

más o menos preparada arrastra una serie de condicionantes que influyen poderosamente en el

conocimiento adquirido. Quizás estemos pensando en cualidades como el coeficiente intelectual o

la preparación cultural, pero si así fuese, el conocimiento sería algo objetivo; prácticamente todos

extraeríamos las mismas conclusiones ante un mismo hecho. Sin embargo rara vez ésto es así.

Nuestra mente investigadora va unida a nuestra estructura  psicofísica, con sus características

propias: la forma de ser, la forma de entender la vida, el  caracter, los deseos, los miedos, etc., y

en definitiva, todos los rasgos que constituyen nuestra personalidad. A todo ésto hay que añadir

las ideas preconcebidas que hemos ido adquiriendo sobre la ciencia, así como de los elementos

que constituyen el universo. Todo ello hace que tanto la forma en que asimilamos el conocimiento,

como la forma en que entendemos dicho conocimiento, sean diferentes de una persona a otra; y

por tanto, hace que el razonamiento se transforme en un proceso subjetivo de adquisición de

conocimientos, que transforma al mismo conocimiento en algo subjetivo.

Inconscientemente estamos fabricando un universo hecho a nuestra medida, a nuestra capacidad

de entendimiento. El universo se transforma, en definitiva, en un reflejo de nosotros mismos y de

nuestra forma de razonar, con sus defectos y sus virtudes".

De la misma forma, la sabiduría y la verdad que encuentra el filósofo es subjetiva. La condiciona

a sí mismo, a su forma de ser, a su mundo. Si todos nos dedicásemos a estudiar y hacer filosofía,

encontraríamos una verdad distinta para cada uno de nosotros, una sabiduría distinta; puesto que

todos somos distintos, diferentes.

Sin embargo, la filosofía se acerca más a la verdad, se acerca más a Dios que la ciencia, dado

que no trabaja única y exclusivamente con la percepción, con los sentidos. El acto de pensar y

reflexionar hace que el filósofo vaya más allá de la superficie de las cosas, más alla de la envoltura

física de las cosas. El filósofo tiene la ventaja de conocer los progresos de la ciencia. Aprovecha

el conocimiento de la ciencia para ir más allá en sus conclusiones. Logra penetrar en el interior de

las cosas y consigue una idea más real y verdadera sobre la realidad de lo que consigue la ciencia.

Al contrario que la ciencia, que rechaza la idea de Dios, el filósofo se pregunta sobre Su posible

existencia. No puede rechazar Su existencia, ya que forma parte de las creencias y de la vida de

muchos seres humanos y el filósofo está obligado a pensar y reflexionar sobre todos los aspectos

que rodean al ser humano. Pero tampoco está obligado a creer, ya que su pensamiento es crítico

y no da las cosas por válidas así porque así.

Los beneficios que nos puede aportar la filosofía están relacionados con nuestra forma de pensar

y nuestra forma de vivir. En el primero de los casos la filosofía nos enseña a utilizar nuestra mente,

nos enseña a pensar con claridad, a distinguir lo real de lo irreal, a comprender la realidad, a ser

más críticos y más incisivos en nuestros pensamientos, a pensar con lógica, a utilizar el sentido

común, etc. Nos ayudan a buscar nuestro sitio en el mundo, a comprender el mundo y a

comprenderse a uno mismo. En el segundo de los casos nos enseña a movernos a través de la

vida, a dirigirnos por la vida, a tomar una postura ante la vida, y en cierta manera, nos enseña a

vivir, a tener un modo de vida. Aunque no es una ciencia específica del ser, del ser espiritual

que llevamos dentro, aporta ciertos beneficios a nuestro espíritu. Siendo como és, una actividad

más humana y humanizadora que la ciencia, nos ayuda a clarificar nuestras ideas, a centrarnos en

nosotros mismos, a concentrarnos y a conocernos mejor; aportándonos un poco de serenidad,

equilibrio y sosiego. La ventaja que tiene la filosofía frente a la ciencia es que al contrario que  

ésta, no tiene unos elementos de base inamovibles. La filosofía parte de una base más flexible. No

parte de objetos, sino de pensamientos; lo que le permite ver aspectos diferentes de una misma

verdad, de una misma idea sin que por ello tenga que quebrantar ninguna ley o teoría establecida.

Incluso se puede cambiar una linea completa de pensamiento por medio del razonamiento y la

lógica. Por eso mismo la filosofía nos libera. Nos libera en cierto modo de nosotros mismos, de

ser o de pensar de tal o cual  manera. Nos hace más flexibles con nosotros mismos. Nos enseña

a vivir y a apreciar nuestra libertad, nuestra forma de ser y nuestra forma de pensar.

Al contrario que los dos mundos anteriores, el mundo de los sentimientos no es una ciencia. Es

una búsqueda. Una búsqueda individual y personal donde no tienen cabida ni las teorías físicas ni

las leyes matemáticas ni los experimentos ni la reflexión ni la razón ni tampoco el pensamiento. Es

la búsqueda conjunta de uno mismo y del Ser Supremo; puesto que cuando uno pone como

finalidad en su vida la de conocerse a sí mismo y se abre a todo, lo que hace consciente o

inconscientemente es liberarse de todo lo que le ata como ser humano a la vida. Entonces permite

que la verdad fluya en su corazón, y se da cuenta de que para buscarse a sí mismo, se he tenido

que liberar de todo lo que significa ser uno mismo, de todo el lastre que tiene como ser humano.

Entonces nos vamos dando cuenta poco a poco de que no somos lo que creíamos ser, somos

algo muy distinto. Que formamos parte de algo que trasciende a los sentidos y al pensamiento.

Que formamos parte del Ser que está dentro de todas las cosas. De un Ser Supremo, Creador,

que nos ha dado la Vida. Entonces nos damos cuenta de que el Ser Supremo: Dios, y nosotros,

somos de la misma naturaleza, que estamos hechos de lo mismo, y que el universo que nos rodea

está igualmente hecho de la misma naturaleza que Dios. Formamos parte del TODO, de lo que

hay, de lo que És. Somos lo mismo; somos naturaleza divina.

A medida que vamos tomando consciencia de nuestra verdadera naturaleza, nuestra vida se va

llenando de naturaleza divina, y dicha naturaleza está llena de armonía, de equilibrio, de paz, de

sosiego, de serenidad, y como no, de amor, de alegría, de humildad, de compasión, etc. Nuestra

vida se hace más intensa, se vuelve más auténtica. Entonces nos damos cuenta de que somos lo

que somos, no lo que pensamos o creemos ser. Entonces nos damos cuenta de que la Verdad, la

Verdad tan ansiada y deseada, no es algo que uno aprende, no es algo que uno descubre, no es

algo que uno encuentra. La Verdad es un sentimiento. Es como el Amor: se siente o no se siente,

se vive o no se vive. La Verdad es un sentimiento que está vivo; que vive dentro de nosotros y de

todo lo que forma parte del universo.

Cada uno de los seres humanos que existen tienen la libertad de elegir su propio camino. Algunos

eligen el camino de la ciencia, el mundo de las percepciones; que corresponde a los que creen

que su naturaleza está relacionada con aquello que hacen. Otros toman el camino de la filosofía,

el mundo de la razón, que corresponde a los que creen que su naturaleza está relacionada con

aquello que piensan. Otros toman el camino de la espiritualidad, que no creen que son ni lo que

hacen ni lo que piensan, sino que simplemente son, o tratan de ser.

Somos libres de ser como queramos ser, de hacer lo que queramos. Pero separar estas tres

disciplinas no beneficia en nada al ser humano. Puesto que las tres forman parte de la naturaleza

del ser humano, de la forma de ser del ser humano. Porque mientras unos hagan, otros piensen y

otros sean, el ser humano se sentirá perdido; habra perdido parte de su naturaleza, puesto que las

tres son actividades naturales del ser humano. Esta separación, esta especialización conlleva una

pérdida de realidad en el ser humano; puesto que nos hace perder la idea de conjunto, la de la

totalidad. Entonces nos aferramos a lo que tenemos, a lo que sabemos o creemos que sabemos,

y lo hacemos inaccesible a los demas. De esta forma nos protegemos de nuestra propia ignorancia

y de nuestros propios miedos. Impedimos así que los demás se apoderen de nuestra realidad, de

aquello que consideramos como real. Una realidad falsa al fin y al cabo, pero que a falta de otra

cosa, nos hace sentir seguros; sin embargo, el conocimiento de la realidad, cuando ésta es una

realidad falsa, sólo nos puede ofrecer una falsa seguridad.

Hemos decidido separar nuestra naturaleza. Hemos decidido crear tres mundos diferentes de uno

que debería de ser único, puesto que aunque unos estén más alejados que otros de nuestra

verdadera naturaleza, de la naturaleza divina, los tres forman parte de nuestro mundo, de la

naturaleza del ser humano. Vivimos en el mundo, aunque nuestra verdadera naturaleza sea divina,

y por tanto debemos de aprender a desenvolvernos en los tres mundos e integrarlos en nosotros,

integrarlos en nuestra vida y vivirla lo más intesamente posible.

LA NATURALEZA DE DIOS.

Vamos a imaginarnos algo así como un océano: un océano de consciencia.Un océano que no es

material, que no tiene substancia ni consistencia; algo así como una idea, o un sueño. Dicho

océano no acupa un espacio definido. No existe el concepto de la distancia ni del tiempo; puesto

que estos conceptos conllevan la idea de movimiento: algo que se mueve dentro de algo; es decir,

algo que está compuesto de partes más pequeñas y que a su vez poseen cierto movimiento. Sin

embargo, nuestro océano no se mueve, no lo necesita, puesto que no tiene necesidad de moverse

para nada. Es un océano autocontenido. No puede necesitar nada exterior a El, puesto que el

concepto exterior no existe; ni tampoco nada de Sí mismo, puesto que El lo És TODO.

Nuestro océano es un océano que esta vivo, es un océano que siente, que posee la sabiduría de

la eternidad y una inmensa cantidad de información. Sin embargo, como ya comentamos, no

puede existir el concepto de velocidad ni de distancia; por lo podría decirse que la velocidad a la

que se desplaza la información en su interior es instantanea. Al ser instantanea, dicha información

está en contacto contínuo con TODO el océano. El océano siente, vive y conoce TODO en el

mismo instante; sin que haya un antes ni un despues. El concepto de tiempo no existe, dado que

no existe el concepto de movimiento. El movimiento produce cambios, diferencias; y el océano

permanece en la quietud, en la paz, en la serenidad y el sosiego. És el mismo, siempre. El tiempo

no tiene razón de ser, puesto que no hay cambios que medir; el océano es inmutable. No hay

pasado ni futuro. Existe el presente, el ahora únicamente. Todas las cualidades del océano se dan

de forma absoluta; es decir, cualquier concepto no material que exista hoy día, esta contenido en

dicho océano en su grado máximo. El océano esta lleno de cosas no materiales: como la vida, el

amor, la humildad, etc.; sin embargo no existe el odio, el rencor, la codicia, ni nada que se le

parezca, puesto que estos conceptos sólo existen por la falta de amor, de humildad, etc., y el

océano ES AMOR, ES HUMILDAD, etc., con mayúsculas. En nuestro universo dichos

conceptos existen. Existen en el universo y existen dentro de nosotros. Nosotros les damos la

forma que queremos, y nuestro cuerpo, hecho de algo a lo que nosotros denominamos como

materia, es sólo la envoltura que los cubre. La materia sólo sirve para transportar estos

conceptos. No les da vida, puesto que ya tienen vida por sí mismos; ya existían antes que los

seres creados en nuestro universo; puesto que la existencia del universo se desarrolla en el interior

del océano divino, y por tanto, estos conceptos ya existían antes de formarse nuestro universo.

Incluso la vida ya existía antes que nosotros, y es precisamente esa vida la que hace que los seres

que contiene el universo puedan existir y desarrollarse; y cuando estos seres dejen de existir, la

envoltura que los cubre desaparecerá, pero no así los sentimientos y la vida que existen en su

interior; ya que éstos trascienden al cuerpo físico que les sirve de contenedor; es decir, que

trascienden al espacio y al tiempo porque tienen vida, vida propia: porque están hechos de la

misma naturaleza que el océano divino.

Cuando pensamos en las capacidades de Dios, algunos quizás piensen que tiene la capacidad de

crear cosas de la nada, que puede hacer magia; nada más lejos de la realidad. Dios no hace

magia ni puede crear cosas de la nada. La nada y la magia no tienen cabida en el océano divino;

no existen, no son. Sólo Dios Es. No puede crear nada fuera de El, porque sólo está El.

Tampoco hace milagros, no los necesita. Dios tiene una capacidad ilimitada, cierto, pero no hace

milagros ni magia. Todo lo que existe, todo lo que hay, todo lo que És, lo crea a partir de Sí

mismo: a partir de su propia naturaleza. Entonces se manifiesta la CREACIÓN en todo su

esplendor, en toda su expresión, con todo su significado. Dios modifica su propia naturaleza,

siendo entonces cuando CREA, cuando se produce la Magia, cuando se produce el Milagro. Es

entonces cuando puede surgir algo que no existía antes; algo que parece que tiene vida propia y

que parece que existe por sí mismo, pero que en realidad no es sino una forma diferente, una

modificación de la naturaleza de Dios: el Universo.

Y DIOS DIJO: "HÁGASE EL MOVIMIENTO".

El Universo no ha existido siempre. No puede haber existido siempre puesto que el Universo no

es Dios, ni Dios Es el Universo. Dios es mucho más de lo que significa el Universo. El Universo

es sólo la punta del iceberg dentro de lo que Es Dios, dentro de lo que significa Dios. Es como la

obra de un artista: la obra expresa el sentir del artista, refleja su experiencia, sus sentimientos, su

creatividad. La obra es parte de su vida, forma parte de su vida, pero no es el artista. Es un

reflejo del artista. El artista es mucho más que la obra: es el creador de la obra. La obra existe

porque el artista, el creador, ha decidido darle vida. En este sentido el Universo es la Obra, y

Dios Su Creador. Sin embargo, Dios crea el Universo a partir de Sí mismo, modificando Su

propia naturaleza; pero como hemos dicho, Dios y el Universo no son la misma cosa. Mantienen

cierta independencia el Uno del otro. Cómo puede ser ésto es algo que explicaremos con detalle

más adelante. Lo que sí queremos decir ahora es que no vamos a entrar en detalles sobre los

motivos o las causas que Le impulsaron a crear el Universo. Puesto que para Dios no existen

razones, no existen motivos; dado que Dios no piensa, no razona las cosas. Porque, ¿qué es lo

que lleva a un artista a realizar una obra, una creación?. Seguro que no es un motivo razonable.

Volvamos con nuestro océano de consciencia, nuestro océano divino.

Sumerjámonos en el océano. Buceemos en su interior e intentemos sentir la presencia divina.

Llenémonos de Vida, de Sabiduría, de Paciencia, y sobre todo, llenémonos de Amor. Ahora que

estamos dentro del océano, que nos hemos llenado de El, vamos a ser parte de El. Nos vamos a

sentir como parte del océano. Entonces nos daremos cuenta de que hemos dejado de existir.

Sólo ha quedado nuestra esencia. Nuestra vida ha pasado a formar parte de la Vida. Ahora ya no

estamos, no sentimos, no pensamos... sólo somos. Formamos parte de un océano donde el

espacio y el tiempo no tienen sentido, donde no hay movimiento, donde no tienen cabida ninguno

de los conceptos que hacen posible nuestro Universo: no hay fuerzas, no hay partículas, no hay

objetos. No tienen sentido la masa, la densidad, la temperatura o la velocidad. Sólo existe el

concepto "Ser": del verbo ser, y no como ente. Tampoco puedo decir: "Yo soy". Puesto que,

¿quien soy yo?, o ¿qué soy yo?. No me puedo identificar con nada ni con nadie; ni siquiera

conmigo mismo; puesto que soy Uno, pero abarco Todo. Contengo Todo y a Todos en mi

mismo. Sólo podemos decir de nosotros que somos lo que somos, somos como somos, dentro

del que Es.

Ahora que tenemos una ligera noción de nuestro estado: que somos ligeramente conscientes de

nuestro estado dentro del océano divino, nos damos cuenta de que el océano no posee las

características necesarias para hacer funcionar un Universo; porque sobre todo no posee las

características físicas y espacio-temporales con las que desarrollar la estructura y complejidad de

un universo. ¿Nos encontramos entonces en un callejón sin salida?. ¿Cómo puede transformarse

algo que Es, en algo que existe?. El océano Es intemporal, y el Universo está influido por el

tiempo; el océano es adimensional, mientras que el Universo está influido por la dimensión y el

espacio; el océano no posee características físicas, y sin embargo el Universo está lleno de ellas...

¿Cómo puede transformarse algo que no tiene consistencia ni substancia en algo que

aparentemente sí la tiene?.

Dios es el Principio Creador. Ahora nosotros formamos parte de El; estamos inmersos en el

océano divino. Vamos pues a ser testigos del Milagro de la Creación, de la Magia Divina. Dios,

como Principio Creador, va a poner en marcha el Principio Dinámico. Así mismo, dicho Principio

Dinámico pondrá en marcha los mecanismos necesarios para crear la primera ciencia universal: la

geometría dinámica; en la cual se basará el funcionamiento del futuro Universo. La geometría

dinámica estará regida a su vez por leyes geométricas y dinámicas, que permitirán desarrollarse al

Universo tal y como lo conocemos en la actualidad. Y por último, estas leyes geométricas y

dinámicas estarán inscritas en un sólo elemento, un sólo objeto; aquello a lo que se denomina hoy

como partícula elemental. Porque sólo existe un único tipo de partícula elemental, una sóla

especie de partícula elemental, pero eso sí, existen infinidad de ellas.

Estamos inmersos en el océano divino. De pronto vemos?, sentimos?, tomamos consciencia?...

de que un trozo del océano divino, o parte, o algo, o como queramos llamarlo, parece desgajarse

del resto; parece que se separa del resto y comienza a moverse. Al principio el movimiento es

lento. Tan lento que no podemos saber qué es lo que está sucediendo realmente. Pero el

movimiento parece que va acelerando, y a medida que el movimiento va acelerando parece

querer tomar forma. El movimiento que efectua es parecido al que realiza una madeja esférica de

lana cuando se tira violentamente de uno de sus extremos: comienza a girar sobre sí misma

realizando un movimiento de giro en todos los sentidos; algo así como un movimiento esférico

incontrolado. Sin embargo, el trozo de océano que se ha desgajado realiza un movimiento regular.

Gira sobre sí mismo creando un movimiento en forma de esfera, y a medida que va acelerando,

la forma de la esfera así creada va siendo cada vez más regular.

Estamos asistiendo al nacimiento de aquello que consideramos hoy dia como partícula elemental.

El trozo que se ha desgajado del océano divino no puede decirse que sea un trozo o una parte de

Dios. Al igual que un océano de agua en la Tierra, donde cada una de las partes o porciones en

las que podamos dividirlo sigue siendo agua; en el océano divino cada una de las partes o trozos

en los que se pueda dividir sigue siendo Dios. Es Dios el que se ha desgajado de Sí mismo, el que

está girando sobre Sí mismo y creando un elemento con cualidades físicas: algo que no existía un

momento antes. Algo etereo, algo intangible como És la naturaleza de Dios, está transformándose

y dando lugar a una figura geométrica; hecha simple y llanamente a base de movimiento.

A medida que va acelerando, Dios va tomando la forma de una esfera. Aunque parezca un hecho

sin sentido, al actuar de esta forma Dios está creando algo maravilloso. Está sentando las bases

para el funcionamiento de nuestro Universo. Está creando las leyes físicas a partir de las cuales se

regirá nuestro Universo. Sólo con girar sobre Sí mismo, Dios ha establecido la existencia del

espacio y del tiempo; puesto que todo movimiento depende de una velocidad, y la velocidad es

igual al espacio partido por el tiempo: kilómetros por hora, metros por segundo etc. Nuestra

partícula divina es, a la vez, la esencia del espacio y la esencia del tiempo. Sin embargo no define

una cantidad de espacio o una cantidad de tiempo determinada, sino que sólo define la existencia

del espacio y del tiempo. Por lo tanto la partícula que se está creando no ocupa una cantidad

determinada de espacio. De esta forma, al mismo tiempo que establece la existencia del espacio

y del tiempo, al crear esta partícula Dios establece la existencia de la relatividad; dado que no

establece una medida determinada para esta partícula; por lo cual, y según las condiciones

reinantes, esta partícula podrá adoptar un tamaño relativo u otro, lo que afectará directamente a

las dimensiones del espacio y del tiempo reinantes en cada universo...

El océano divino, donde sólo existían cualidades absolutas, ha tomado parte de Sí para crear una

existencia relativa. Dios transforma Su naturaleza para aparentar ser otra cosa. El está dentro de

todo, dentro de nosotros, dentro de cada partícula que forma el Universo. Haciendo que todo

sea posible. Sosteniendo el Universo a partir de Sí mismo. Creando y dando Vida. Pero sin

dejarse ver.

Pero, se preguntarán  y con razón, ¿cómo puede crearse algo tangible a través del movimiento?.

Imagínense un tornado. Imagínense un torbellino de aire que gira sobre sí mismo a una velocidad

de doscientos o trescientos kilómetros por hora. No es nada más que aire en movimiento. Pero el

rápido movimiento giratorio le otorga un poder increible. Succiona todo y arrasa todo lo que se

pone en su camino. Así es nuestra partícula divina; pero en lugar de ser un torbellino vertical es un

torbellino en forma de esfera, y en vez de estar hecho de aire está hecho a base movimiento; así

de simple. Un movimiento que se genera por medio de la Voluntad, de una Voluntad Inteligente.

A medida que va acelerando la partícula divina va creando una corriente dinámica. La intensa

corriente de fuerzas que se origina gracias al rapidísimo movimiento, va creando algo así como

un vacío dinámico. Va creándose una fuerza de succión, una fuerza de atracción que va a atraer

hacia sí, a todas las fuerzas que se encuentren en su radio de acción. Dios se está condensando.

Está creando una condensación a base de movimiento. Está creando una condensación de fuerza

a base de esfuerzo divino. Una condensación de energía. El movimiento giratorio que produce la

partícula divina tiene otra particularidad: al estar girando sobre Sí misma, está creando un campo

de fuerzas a su alrededor. Un campo de fuerzas cuya intensidad está relacionada directamente

con la velocidad de giro; es decir, con la frecuencia a la que gira dicha partícula. Por tanto, al

producir una frecuencia está generando una longitud de onda. Una longitud de onda que es

característica de los campos magnéticos, y más concretamente de los campos electromagnéticos;

pues es en eso en lo que se está transformando Dios: en una partícula electromagnética: en un

quanto de energía. Dios está creando al mismo tiempo las cualidades de la materia y de la energía.

Puesto que la masa no es sino la condensación de movimientos sujetos a campos de fuerzas, y la

energía es la condensación de frecuencias electromagnéticas.

De esta forma y mediante el movimiento, Dios ha creado una partícula donde se dan el espacio,

el tiempo, la relatividad, la masa, la densidad, la fuerza de atracción, la energía y el campo de

fuerzas electromagnético. ¿Falta algo?. Si. Falta saber qué es lo que representa esta partícula,

cuales son sus reglas de funcionamiento y cuales sus posibilidades.

La partícula elemental es una partícula potencial en sí. Representa la posibilidad de que "algo"

pueda ser; la posibilidad de que "algo" pueda existir. No representa a la masa, ni tampoco a la

energía; sin embargo lleva en sí misma el potencial necesario para que, según las condiciones

reinantes, pueda dar lugar a una cosa u otra. Para ser más exactos podríamos decir que es algo

así como un centro de información portatil; es decir, que lo que hace es transmitir la información

que porta de un lado a otro. ¿De qué dependerá dicha información?: de la frecuencia que emita,

o lo que es lo mismo: de la velocidad a la que gire sobre sí misma. Por ejemplo: la partícula

elemental no es el calor, no emite calor; sin embargo puede transmitir la información del calor y

hacer que algo se caliente. Tampoco es la luz, y sin embargo puede trasladar la información de la

luz y hacer que se iluminen las cosas. Tampoco es la materia, y sin embargo puede unirse a otras

partículas elementales para sumar la información que contienen y crear átomos. Tampoco es la

energía, y sin embargo puede trasladar la información de la energía para producirla o generarla

en un momento y lugar específicos.

La partícula elemental no puede ser algo. Porque si no, sólo sería ese algo. No puede identificarse

con nada, porque de ser así se limitaría a sí misma y delataría su presencia; es decir, no puede

delimitarse a representar a un único aspecto del Universo, puesto que sería algo así como

representar un único papel en el teatro de la creación, con lo que estaría delimitando así mismo

las posibilidades de existencia del Universo y de todo lo que éste contiene. La partícula elemental

debe de ser algo muy sutil. Algo que pase prácticamente desapercibido. Algo que adopte muchas

formas y multiples facetas. Algo que concentre en si mismo todas las cualidades del Universo.

Algo que esté cerca de nosotros; tan cerca y tan cotidiano que no lo veamos.

Las reglas de funcionamiento de la partícula elemental son muy elementales (valga la redundancia)

y se basan única y exclusivamente en el movimiento. Para poder crear el Universo, Dios va a

imponerse a Sí mismo una serie de reglas. Va a supeditarse a una serie de leyes que cumplirá

siempre y a rajatabla. Unas reglas que se cumplirán mediante leyes dinámicas: leyes del

movimiento. Dios quedará obligado a seguirlas estrictamente, pues de ello dependerá la seguridad

y la estabilidad de las fuerzas existentes en el universo, de la materia y de la vida, o lo que es lo

mismo: la estabilidad y la seguridad de la existencia propiamente dicha. Así mismo, la riqueza

creativa de dicha partícula dependerá de que dichas leyes se mantengan inalterables. De esta

manera, Dios inscribe estas leyes en la partícula elemental; o lo que es igual, las inscribe en Sí

mismo, con lo que asegura de esta forma su estricto cumplimiento.

Lo primero que hay que saber con respecto a las leyes dinámicas de la partícula elemental es que:

primero, su velocidad de giro, o su frecuencia, dependerá directamente de su velocidad lineal a

través del medio, y segundo, dicha frecuencia será inversamente proporcional a la velocidad a la

que se desplace a través del medio, a través del espacio. Esto quiere decir que el movimiento

es conservativo: se conserva siempre; sin embargo, la frecuencia de la partícula elemental varía

según su velocidad a través del espacio; de manera que a mayor velocidad lineal menor es su

frecuencia y viceversa: a menor velocidad lineal mayor es su frecuencia. ¿Que viene a decir todo

esto?. Pues que a menor velocidad su frecuencia es mayor, su campo de fuerzas es mayor y por

tanto su masa es mayor, por lo que es más partícula; y al contrario, a mayor velocidad lineal su

frecuencia es menor, su campo de fuerzas es menor y por tanto su masa es menor, por lo que es

más onda. Esto quiere decir que la partícula elemental reune en sí misma las cualidades

onda-partícula observadas en las partículas que forman el Universo, y que dependiendo de su

velocidad lineal, dichas cualidades derivarán hacia un estado u otro. Como consecuencia de esto,

se deduce que cuando la partícula elemental se frene en el espacio aumentará de frecuencia y

tenderá a transformarse en masa, a crear materia; y al contrario, cuando aumenta de velocidad

disminuirá de frecuencia y tenderá a transformarse en energía, a generar energía.

La velocidad a la que se puede desplazar dicha partícula estará comprendida entre la velocidad

de la luz y una velocidad nula; o lo que es lo mismo, su detención absoluta en el espacio. Estos

estados los consideraremos como los estados dinámicos más absolutos que pueda conseguir

nuestra partícula en nuestro Universo; de forma que cuando alcanza la velocidad de la luz su

frecuencia es mínima; y al contrario, cuando alcance una velocidad nula alcanzará su máxima

frecuencia. Sin embargo, en nuestro universo cotidiano y habitual estos dos estados existen, pero

pasan completamente desapercibidos, son indetectables; puesto que se encuentran fuera de los

límites de nuestro universo relativo. Es decir, que para nosotros, la partícula elemental no existe si

se encuentra en alguno de estos estados, puesto que se encuentra fuera de nuestra dimensión, de

nuestro espacio-tiempo; sin embargo, en cuanto los abandona, entra en nuestra dimensión y se

vuelve detectable, se vuelve observable. Siendo entonces cuando muestra, según las condiciones

reinantes, las características de onda-energía, o de partícula-materia.

El estado natural de la partícula elemental es el movimiento lineal máximo, tanto es así que sólo las

podemos encontrar desplazándose a la velocidad de la luz: es su estado natural, su forma natural

de existencia. Es decir, que su estado natural es el de una onda. Por lo que podría decirse que el

estado más natural en que podemos encontrar a la partícula elemental es en estado de energía; sin

embargo, cuando se frena o cuando choca contra un obstaculo, comienza a manifestar sus

características de partícula.

Una vez que Dios ha establecido estas leyes, debe de determinar la frecuencia exacta a la que va

a girar; pues aunque ya sabemos que su frecuencia dependerá directamente de su velocidad de

desplazamiento, no sabemos cual deberá de ser dicha frecuencia, y lo más importante: que no

puede ser cualquier frecuencia. La frecuencia de giro de la partícula divina debe de ser calculada

con una exactitud milimétrica; puesto que de ella dependerán directamente las características

físicas y energéticas del Universo.

La frecuencia determinará el campo de fuerzas electromagnético generado por la partícula divina,

lo que influirá en las características físicas de la materia. En las características de los átomos. De

no ser la frecuencia exacta, la partícula elemental se podría unir a otras para crear materia, para

crear átomos, pero éstos no podrán combinarse entre sí de la manera tan rica en que lo hacen; y

mucho menos combinarse para crear organismos vivientes. No existiría la diversidad de materias

ni de organismos vivientes que existe hoy dia.

Puede decirse que la partícula elemental funciona con piloto automático. Dios ha creado un

sistema de fuerzas autónomo y automatizado de posibilidades prácticamente infinitas. Al crear

esta partícula y calcular su frecuencia exacta, Dios puede determinar todas las posibilidades de

combinación habidas y por haber. Determina todos los tipos de existencia posibles. Determina

la existencia de los átomos, de la materia, de la energía, de los planetas, de las estrellas, de las

galaxias, de la vida en todas sus manifestaciones y variedades, etc. Realizando los cálculos

necesarios, determina todo lo que se puede crear a partir de Su partícula divina. Calcula todas las

combinaciones posibles. SABE todo lo que puede crearse a partir de ella. Antes de crear el

Universo SABE qué es lo que va a ocurrir. SABE qué es lo que va a existir y lo que no. Visto

desde la perspectiva divina, el Universo está determinado, dado que Dios sabe TODO sobre la

partícula elemental y sus posibilidades de combinación; y así mismo, conoce de primera mano las

posiciones, velocidades y direcciones de todas las partículas que forman el Universo. Por tanto,

SABE qué es lo que ocurrirá en cada momento. El pasado, el presente y el futuro del Universo

no tienen secretos para El. Pero visto desde nuestra perspectiva, el futuro es una incognita, puesto

que podemos saber qué es lo que ocurrira, qué es lo que se creará o qué se destruira, pero nunca

sabremos el donde ni el cuando. Dios ha creado algo que tiene vida propia, algo que funciona por

sí mismo, algo que tiene cierta independencia de El. El Universo no es Dios. Dios solamente lo

mantiene en funcionamiento, le da vida, le permite existir. Dios crea las leyes de funcionamiento

del Universo, pero luego se deja llevar. Le da completa libertad al Universo y a todo lo que éste

contiene para que se desarrolle y evolucione según las condiciones reinantes: según su libre

albedrío; porque tiene confianza y sabe que todo lo creado será para bien: será una hermosa y

maravillosa obra.

Las leyes divinas son exactas. Una vez creadas y aplicadas estas leyes, le permiten al universo

funcionar con total autonomía, de forma prácticamente automática. El Universo se regula sólo. El

equilibrio, la armonía, la belleza... todo es majestuoso. Todo ha sido preparado al milímetro, y

Dios está en el centro de todo: Creando y dando Vida. Permitiendo que las cosas existan.

Permitiendo que las cosas sean.

Dios ha creado una partícula electromagnética a partir de Sí mismo. Sin embargo no se identifica

con ninguna partícula en especial. Pero a pesar de todo, existe una partícula en la que se

manifiesta más a menudo, pues es la que más abunda en el Universo. Es la partícula a partir de la

cual decimos que está formada la luz: el fotón. De ahí que se identifique tanto a Dios con la luz.

De ahí que exista un antiguo dicho que reza así:

 

DIOS ES LA LUZ Y ESTÁ EN TODAS PARTES.

 

 

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